Envejecimiento, vejez y actividad física

El autor de este riguroso y ameno artículo, miembro del Comité Científico de 'Biotech Magazine & News', hace una exposición del proceso biológico que afecta a todas las personas con una serie de recomendaciones que deben ser tenidos en cuenta para, precisamente, envejecer lo mejor posible. “Se puede, y hay que aspirar a, tener y disfrutar de una vejez sana, acaso con menos capacidades físicas y mentales, pero con una salud aceptable o buena”, matiza. El texto se lee, como se dice popularmente, de un tirón

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Envejecimiento, vejez y actividad física
Imagen: freepik

No es fácil el análisis, ni se debe simplificar, a la hora de definir o de escudriñar los arcanos del envejecimiento, sobre todo cuando quien lo hace no es un experto en tan complejo tema. Lo cual no impide expresar una opinión que pretende ser razonada y razonable.

Al fin y al cabo, el viaje del envejecimiento lleva a la vejez, la última estación, que es un asunto que (nos) implica a millones de personas e interesa a quienes -hombres o mujeres- (nos) les preocupa todo aquello que afecta al ser humano (“Soy hombre y no considero como ajena la preocupación de ningún hombre”, la recurrente cita en boca de Cremes, el personaje de Publio Terencio Africano en su Heautontimorumenos. Curiosamente, los dos personajes principales, Menedemo y Cremes, son ancianos).

Las macrocifras, siempre frías, ayudan a calibrar el asunto de los veteranos de la vida: para 2050 (dentro de 25 años), con una población mundial prevista de algo más de 9.700 millones (datos del Banco Mundial), la cifra de personas mayores de 65 años será superior a los 1.500 millones (en torno al 15,5%).

Los octogenarios crecerán el 80%, comparado con el año 2019. Habrá muchos viejos, ancianos o mayores que, sumando las pensiones (una especie económico-administrativa amenazada de extinción en Europa) y el gasto en farmacia (por las enfermedades) y en dependencia (por lo mismo y por el deterioro biológico natural) destrozarán cualquier tipo de presupuesto.

No debería extrañar a nadie si algún día la prensa libre, aunque de libertad cada vez más amenazada, informara de que un grupo de análisis o instituto de investigación, gabinete estratégico o laboratorio de ideas (o think tank, según los angloparlantes) informara de la conveniencia de no ahorrar en defunciones para aliviar la carga de las pensiones.

Si la curva de natalidad nacional y continental está hoy y seguirá en el futuro inmediato por los suelos, las migraciones legales se frenan y el club senior de fans de Vetusta mola sigue creciendo en cantidad y en mediocre calidad de salud, no habrá Cuerpo (mi paisano don Carlos, ministro de Economía) que lo sostenga.

Cambios físicos, emocionales, psíquicos, afectivos y sociales

La vejez y el envejecimiento son dos conceptos que se confunden a menudo. No son lo mismo: la primera es, según la RAE, la cualidad de viejo. Sus sinónimos son ancianidad, senectud, vejentud, vejera y viejera (las tres últimas son voces propias de algunos países hispanoamericanos). La vejez es un periodo de la vida que comienza alrededor de los 60 o 65 años (varía según las culturas, etnias y países: un maliense de 65 años, si acaso llegara a esa meta, probablemente estará más envejecido que un japonés de la misma generación).

La vejentud, como dirían un cubano o salvadoreño, es una etapa en la que concurren cambios físicos, emocionales, psíquicos (cognitivos), afectivos, sociales y, en muchos casos, de la calidad de vida.

El envejecimiento no es una etapa etaria específica, o un periodo cronológico de la vida humana, sino un proceso biológico (molecular, celular, tisular) programado. Comienza al nacer, cuando ocurre el disparo de la carrera del envejecimiento. Una definición útil del envejecimiento puede ser la siguiente: la acumulación progresiva, con el paso del tiempo, de cambios fisiológicos y el deterioro de las funciones orgánicas.

En la etapa final existe una mayor vulnerabilidad a las enfermedades y un incremento de la mortalidad respecto a las edades más jóvenes (que también enferman y mueren). Pero el envejecimiento no es una enfermedad, aunque en la etapa última se acumulen las enfermedades crónicas no contagiosas: diabetes, hipertensión arterial, procesos cardiovasculares, obesidad, osteoartritis y diversos tipos de cáncer. Y la soledad, una de las más terribles experiencias humanas.

No se nace con un pan debajo del brazo, sino con un reloj de arena que tiene grabado en el receptáculo de arriba el lema Tempus fugit (Virgilio, Geórgicas, libro III) y en la peana en que se apoya el receptáculo inferior Todas hieren, la última mata (Vulnerant omnes, ultima necat), la sentencia latina que tanto gustó al médico y literato don Pío Baroja. La vejez tampoco es una enfermedad, sino la estación donde se encuentran, en muchos casos, diversas enfermedades, algunas epidémicas y pandémicas, llamadas hoy patologías crónicas no contagiosas.

Se puede, y hay que aspirar a, tener y disfrutar de una vejez sana, acaso con menos capacidades físicas y mentales, pero con una salud aceptable o buena. Más años, pero no menos salud. Entender que el lifespan (el tiempo que dura una vida, o la esperanza de vida) es diferente que el healthspan (la esperanza de vida saludable), dos conceptos que pueden y deben convivir en la misma persona.

El equipo de un investigador español, el profesor Carlos López Otín, describió en 2013 las nueve características o señas del envejecimiento (The Hallmarks of Aging) que, en 2023, las ampliaron a 12. Conocidas y ampliamente aceptadas por la comunidad científica, son ahora el objetivo terapéutico para numerosos investigadores empeñados en ralentizar, detener o revertir el envejecimiento mediante intervenciones dietéticas, programas de ejercicios o recomendaciones de actividad física y con medicamentos (rapamicina, metformina y otros).

No entramos a analizar dichas marcas o señales del envejecimiento ni las complejas estrategias para batallarlas. Lo que no impide decir, aun de forma simple, qué se puede hacer desde el ámbito personal e institucional para mejorar la calidad de vida de quienes, como el buen vino, van envejeciendo en la barrica de su biografía. Porque el asunto es individual, sin duda, pero también obliga a las instituciones (autoridades, organizaciones, medios, redes).

En mi opinión de no experto, la inversión económica a nivel estatal y autonómico dedicada a conseguir y mantener una vejez saludable abarataría holgadamente los gastos en medicación, diversos aspectos de la atención sociosanitaria y de dependencia. Amén de lograr una indudable rentabilidad social, familiar y personal por la mejoría de la calidad de vida de los mayores. Mens sana…, en versos de Juvenal (Sátira X, 356).

Se envejece por un mandamiento biológico que entrecruza los códigos genéticos (herencia familiar) con factores ambientales (sociales, culturales, conductuales y psicológicos). Pero también se envejece por un uso pobre o inadecuado de la compleja y maravillosa máquina que es el cuerpo humano.

Me refiero al gobierno o gestión cotidiana del entramado neurológico, óseo y muscular de ese prodigio que desentrañaron Andrés Vesalio, Leonardo da Vinci y los frailes jerónimos anatomistas del monasterio de Guadalupe.

Primum movens

Con este encabezamiento no se pretende entrar en al complejo mundo de la idea aristotélica sobre la causa primaria del movimiento de todas las cosas. Nos conformamos con hablar solo del movimiento del cuerpo humano, el cual no deja de ser un microuniverso incardinado dentro del macromundo. El cuerpo humano está fabricado para moverse durante la vigilia, no para permanecer estático. En los periodos de sueño la musculatura reposa, pero el cerebro no descansa.

Si se somete el cuerpo a la dictadura del sedentarismo llegará, irremediablemente, la ruina física e intelectual (cognitiva) del propietario. Es evidente la diferencia entre un caballero nonagenario, o una señora de la misma edad, natural de un país anglosajón, nórdico, incluso de España, que juega al golf en el camping, cerca de su domicilio o en el hotel donde pasa largas temporadas con su pareja -o solo, pero sin la losa de la soledad- frente al anciano extremeño, andaluz o catalán de menos de setenta años quien, como el abuelo minero picador de Víctor Manuel, está sentado al sol con la boina calada hasta las cejas, la colilla del cigarro en los labios y el cayado o bastón donde se apoya el reloj del tiempo, el de las barojianas Todas hieren…, mientras se pasa la vida, tan callando.

La diferencia entre ambos modelos estriba en numerosos factores (económicos, educacionales, culturales) traducidos en una dieta diferente (proteínas frente a grasas), distinta actividad corporal (actividad frente a sedentarismo) y desigual salud física e intelectual.

Más algo que suele pasar inadvertido, a pesar de su importancia capital: la sociabilidad, la interacción con los otros, sea la familia o sean los amigos, un factor cuyos beneficios se conocen y valoran.

En cuanto a la actividad física, si se entendiera su importancia -desde el Estado hasta la familia- siempre, en todas las edades, géneros, razas, ideologías y condiciones, pero, sobre todo, en la vejez, otro gallo le cantaría a la salud global de la humanidad. Por actividad física entendemos cualquier clase de movimiento corporal que, por medio de la musculatura esquelética, consuma energía: algo es, siempre, mejor que nada.

El ejercicio es una forma reglada y eficaz de actividad física: sus enemigos son el sedentarismo total en vigilia (nula actividad física), el estilo de vida sedentario (poca actividad física) y el comportamiento sedentario prolongado (televisión, ordenador, oficinas…). Un estilo de vida intermedio es la actividad física insuficiente: menos de 150-300 minutos a la semana de actividad moderada o intensa.

El movimiento aeróbico (caminar, cinta, bicicleta, natación) debe complementarse con ejercicios de resistencia y fuerza muscular y de equilibrio en un conjunto de actividades que denominamos ejercicio multicomponente (el fisioterapeuta, o el monitor deportivo, indicará lo más conveniente al estado de salud y la biología).

Moverse cuesta, no moverse cuesta más

Cifras económicas impactantes reflejan el valor de la actividad física y del ejercicio para prevenir los problemas asociados a la edad provecta a la vez que evidencian el ahorro de medicación innecesaria (estatinas, analgésicos, hipnóticos, ansiolíticos, esteroides, incretinas antiobesidad) y el alivio de los efectos adversos de la onerosa polifarmacia que alimenta la vulnerabilidad de los veteranos.

A la economía mundial le cuesta 50.000 millones de dólares anuales el gasto generado por la inactividad física. Que no es una enfermedad, sino un (mal) estilo de vida. Cicerón, en De Senectute, dijo por boca de Catón el viejo: “Se ha de luchar -como contra una enfermedad- del mismo modo contra la vejez”.