Dr. Santiago Grisolía: “El confinamiento ha agrandado el cañón de género en Ciencia”

Conocí a Santiago Grisolía cuando yo tenía quince años, por mediación de un buen amigo de mis padres, entonces Secretario del Colegio de Médicos. Él me convenció de que estudiara medicina, como él y su maestro Severo Ochoa, si quería dedicarme a la investigación.

Siempre atendió a los jóvenes ilusionados por la investigación y les dedicó gustoso su tiempo.

Alberto Sols, al que conocí en uno de los cursos de doctorado me indicó que un buen sitio para hacer la tesis era el Instituto de Investigaciones Citológicas que dirigía Santiago Grisolía. Ya lo tenía en mente y había decidido que mi director sería Vicente Rubio, uno de sus discípulos en Kansas. Gracias al Dr. Sols y a la Dra. Concepción Abad, profesora de Bioquímica en la Universidad de Valencia, conseguí hablar con el Dr. Vicente Rubio, que superó todas mis expectativas como maestro y como persona.

El profesor y su mano derecha, la doctora Elena Bendala. Foto: E.B.

Solicité la beca Severo Ochoa al Ayuntamiento de Valencia y, una vez concedida, volví a hablar con D. Santiago. Fue, como siempre, muy amable, aunque me sugirió otros posibles directores de tesis, porque el Dr. Rubio ya tenía varios becarios y había plazas vacantes en otros grupos. Soy muy testaruda, como lo era él. Así que pasé los siguientes meses en un rotatorio por todos los grupos de investigación del centro. Fue su primer regalo.

Al final de cada mes, me recibía en su despacho y me preguntaba si estaba dispuesta a considerar la posibilidad de hacer la tesis con otra persona. Yo insistía en hacerla con el Dr. Rubio y sobre el ciclo de la urea. Cuando ya había estado en todos los grupos, me llamó de nuevo a su despacho. Sabía de su mal genio, pero siempre vi una enorme bondad y tristeza tras su pícara sonrisa que me impidió temerle. Ante mi insistencia, gritando, me espetó: “Pero, ¿por qué no me escucha? ¿No ve que tengo edad para ser su abuelo?” Con la arrogancia de la juventud, le respondí: “No se preocupe, yo tengo paciencia suficiente para ser su madre”. Soltó una carcajada y, desde entonces empecé a trabajar con Vicente Rubio en mi tesis sobre la primera enzima del ciclo de la urea.

Trabajador tenaz y riguroso

La relación de respeto hacia D. Santiago, al que yo empecé a llamar el Profesor y pronto se convirtió en la forma en que muchos se dirigían a él, creció. Era directo, un trabajador tenaz y riguroso, una persona siempre interesada en la ciencia y amable con sus subordinados. El Dr. Rubio y el Profesor me enviaron con la beca a Kansas City por un mes, que se extendió a cuatro.

D. Santiago acudía a la biblioteca del Citológico a leer artículos científicos y se sentaba con los becarios. A menudo nos preguntaba sobre nuestros experimentos y nos recomendaba artículos y libros. Un domingo se me acercó con un número de la revista Nature y me dijo: “Hay una beca de la Marion Merrell Dow, una farmacéutica muy potente para trabajar en Kansas. Por si te interesa”. Su carta de recomendación ayudó a que me la dieran y eso me forzó a acabar la tesis. Ese fue su segundo gran regalo.

Defendí mi tesis, mientras el Profesor recorría Estados Unidos viendo los diferentes museos de Ciencias y tomando notas, porque había convencido al Gobierno valenciano de la necesidad de disponer de un museo de ciencias de calidad, e interactivo para atraer a los jóvenes hacia la investigación.

Pasé cuatro años en el Centro Médico de la Universidad de Kansas, en el que también estuvieron otros becarios del Instituto. Cada vez que el Profesor venía a dar una conferencia o a alguna reunión, nos invitaba a todos a comer en el italiano. Muchos de los becarios de entonces, como Ignacio Pérez Roger, Antonio García-España, Rosana Sáez, Ana Mª Cuervo, María Sancho-Tello, Carlos Hermenegildo, y otros, estuvimos en universidades de Estados Unidos y Canadá. Siempre nos animó a continuar las investigaciones en Estados Unidos y otros países que invertían en Ciencia.

El embrión de los Premios Rey Jaime I

Por motivos personales, tuve que regresar a España. El Profesor no me hizo carta de recomendación, porque temía que lo lamentaría profesionalmente.

Colaboré con la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados en varios cursos mientras trabajaba con Felipo y, más tarde, con Consuelo Guerri. En 1998, a punto de terminar mi beca, el Profesor me llamó a su despacho en la Fundación y me hizo una doble propuesta: incorporarme para levantar las actas del recién formado Comité ad hoc del futuro Museo de las Ciencias de Valencia, sin sueldo; y ser contratada por la Fundación Premios Rey Jaime I para ayudar a Alicia de Miguel y Rafael Blasco en la creación de un nuevo órgano asesor del Gobierno valenciano, formado por los ganadores de los Premios Rey Jaime I. Quería decirle que no. Acababan de solicitar un contrato de reincorporación del Ministerio, pero esta vez fui yo la que cedí. ¡Había tanta pasión en su proyecto!

Última entrevista a Santiago Grisolía, unos meses antes de fallecer. En ella repasa su vida, desde su nacimiento en Valencia y sus primeros pasos, hasta su marcha a Estados Unidos. También cuenta cómo se gestó la creación de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados y cómo se idearon los Premios Rei Jaume I. Vídeo: Premios Rei Jaume I

D. Santiago estaba absorto con la organización de los Premios Rey Jaime I, por entonces con cuatro Premios: Investigación Básica, Economía, Medicina Clínica y Protección del Medio Ambiente. El escaso personal de la Fundación y los colaboradores altruistas, como Guillermo Sáez Tormo, Federico y Yolanda Pallardó, y Mª Dolores Miñana trabajamos sin descanso para organizar la reunión, fuera de Valencia, y con asistencia de muchísimas personalidades, incluidos Premios Nobel como François Jacob, Edmond Fischer, Aaron Klug, Werner Arber… Ese fue su tercer gran regalo.

Creí que no se podía pedir más, y me equivocaba. En octubre empezaron las gestiones para la creación del Alto Consejo Consultivo en I+D+i de la Presidencia de la Generalitat Valenciana. Empezamos a enviar la invitación a participar a todos los ganadores de los Premios Rey Jaime I y la mayoría aceptaron: Enrique Fuentes Quintana, Francisco García Novo, José López Barneo, Ramón Tamames, Rafael Carmena, Ciril Rozman, José Mª Baldasano, Álvaro Cuervo, Mercedes Ruiz Moreno, Julio Rodríguez Villanueva, Miguel Ángel Alario, Antoni Espasa, Alberto Muñoz, Segovia de Arana, Margarita Salas, Mateo Valero, José Barea…

En 1999 se celebró, con Francisco Camps como Conseller de Cultura, la constitución del Alto Consejo. Conocer a todos los galardonados y hablar con ellos de ciencia, economía, salud y naturaleza fue sin duda el más grande de sus muchos regalos.

Grisolía era incuestionado y eligió bien a los Presidentes de las Comisiones: Carlos Belmonte en la Investigación Básica, Juan Velarde Fuertes en la de Economía, Juan Luis Barcia en la de Medicina, y José Luis Rubio Delgado en la de Medio Ambiente. Al Dr. Belmonte lo conocía por los Congresos en ARVO, a los que había asistido en mi etapa americana, y del Dr. Rubio Delgado había oído hablar a su cuñada, Inmaculada, compañera mía y buena amiga de mi etapa en el Citológico. El Dr. Barcia me dio clase en la Facultad y sabía de mi impertinencia al preguntar. El Dr. Velarde Fuertes fue una muy agradable sorpresa, erudito, amable, apasionado e impaciente.

D. Santiago impulsaba ideas, coordinaba reuniones científicas y las invitaciones a los diferentes jurados cada año, como el Dr. Teodoro López Cuesta, tanto desde Valencia, como desde Namibia, Brasil, París, la Stazione Zoologica Anton Dohrn, o cualquier lugar que visitaba como Presidente del Proyecto Genoma Humano, Consejero del Ministerio de Sanidad, Patrono de muy diversas Fundaciones o como conferenciante sobre bioquímica. Se acostumbró a involucrarme en muchos proyectos, tanto que las compañeras de la Fundación me regalaron un móvil para que le fuera más fácil localizarme. De prepago y sin cámara. Como el que sigo usando.

Esfuerzo, disciplina

Aunque ya no dirigía el Citológico, D. Santiago siempre se preocupó por el centro de investigación, buscando una persona que lo dirigiera, y fondos europeos para la construcción de un nuevo y mejor edificio donde ubicar a los científicos del Instituto. También me involucró en el proyecto, que me supuso diversos viajes para conocer las instalaciones más punteras, a fin de mejorar el diseño del edificio. Fue otro gran regalo, que me permitió, entre otras cosas, visitar el laboratorio del Dr. Ginés Morata, repleto de moscas. Allí acabé de entender que la ciencia es esfuerzo y disciplina, llena de reflexión y lejos de la fama. Otro regalo más.

Grisolía en una de sus últimas intervenciones públicas. Foto: E.B.

Los años de constantes problemas para los investigadores en el Centro Príncipe Felipe, fueron muy amargos. A veces creo que el Profesor vendió su alma al diablo para salvar lo más posible. Pero en ese aspecto sólo me di cuenta de cuánto sufría cuando tuvo una crisis asmática. Nunca quiso que habláramos de ello.

El trabajo en las primeras décadas de este siglo era frenético, con D. Santiago y Dª Frances viajando constantemente, la organización de las reuniones de los Jurados, las presentaciones a la prensa y la proclamación y, cuando Casa Real ponía fecha, la entrega. Además, estaban las reuniones del ACC, cada vez más numerosas y con más premiados: Jaime Lamo de Espinosa, un caballero que constantemente mostró su amistad al Profesor y su amor a la Comunidad Valenciana, Rafael Matesanz, Avelino Corma, Justo García de Yébenes, Carlos López Otín, Alex Aguilar, Rafael Rebolo, Juan Modolell, Miguel Delibes…

D. Santiago descubrió que yo podía corregir la parte científica de las conferencias que le había dictado a Mariola, mientras él asistía a otras reuniones, y que podía hacer el esbozo de las reuniones de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados, junto a los miembros del Consejo Asesor, que siempre supervisaba él personalmente, y coordinar las reuniones del Museo de las Ciencias con el Comité de Expertos, ya formado por catedráticos de las universidades de la Comunidad Valenciana e investigadores del Consejo, y la de la Comisión Científica Asesora del Museo, con hasta nueve Premios Nobel, algo único en el mundo. También empecé a acompañarlo en la organización de los cursos de verano: la UIMP en Santander y Cuenca, La Granda, El Escorial, el de la Universidad de Castilla-La Mancha en Cuenca.

Otros increíbles regalos que me permitían mantenerme en contacto con D. Teodoro y el Dr. Velarde Fuertes y el increíble regalo de conocer a la familia de este último, con la que mantengo una entrañable relación. Conocí a los Dres. Miguel Ángel López Guerrero y José Ignacio Albentosa, que siempre mostraron su respeto y admiración a D. Santiago y su esposa. En El Escorial, los rectores cambiaban, pero siempre estaba la responsable de prensa, Dª Antonia Cortés, y profesores como Nazario Martín, cuyas inteligentes conversaciones siempre me enseñaban. Y ponentes como Carlos López Otín y Manuel Serrano, que mantenían el vínculo con Margarita Salas y el resto de discípulos de D. Severo.

Consejo Valenciano de Cultura, un ejemplo a imitar

Como Presidente del Consejo Valenciano de Cultura, D. Santiago tenía un elevado número de reuniones y compromisos. Por entonces el Profesor era ya octogenario, pero era difícil seguir su frenético ritmo de trabajo, al que hay que añadir una intensa vida social con cenas, conciertos (el matrimonio era muy melómano), constantes idas a los estrenos en cine y teatro, las Fallas, los toros, una de las grandes pasiones de D. Santiago, que presumió de su amistad con varios toreros.

Trabajaba de forma incesante, hasta que su esposa enfermó. Y entonces, asumió personalmente sus cuidados hasta que me impuse como médico y me dejó coordinar la asistencia en su casa, para que pudiera dormir por las noches. Seguíamos trabajando con enorme intensidad. Sólo la gravedad del estado de su esposa le hizo bajar el ritmo, pero ni siquiera la muerte de Dª Frances acabó con su coraje y deseo de continuar.

Tras una visita al Palacio de la Zarzuela para presentar a Dª Letizia el Consejo Asesor de FEDER, a la que tuvo que acompañarnos el Dr. Federico Pallardó porque D. Santiago acababa de salir del hospital con neumonía, le pregunté: “¿Está cansado, profesor?” Extendió su más pícara sonrisa y respondió: “Siempre”.

Había pasado 24 horas entre los viajes en tren, la reunión en FEDER, la visita a la Reina, la atención a los enfermos… y la visita al Congreso de la SEBBM que se celebraba en Madrid aquel Julio de 2019, trabajando con todo ahínco, sin una queja.

En esta etapa, fueron fundamentales el apoyo de personas como el Dr. Servera, el Dr. Carmena, el Dr. Vicente Boluda, Presidente de la FVEA; el grupo Cariotipo MH5, que dio cobertura a muchas propuestas, y la familia Guillem-Carrau en pleno. Parecía que, bajo su aparente debilidad era invencible. No teníamos tregua.

Incluso durante la pandemia, cada vez más frágil, siguió con nuevas ideas, proyectos de Quijote que, ahora que no está, probablemente no se realicen.

Estos días, he recibido miles de llamadas llorando su pérdida, recordando lo que había hecho por muchas personas. Yo he recordado el destierro del CID, con doce de los suyos, siempre abnegados y dispuestos al sacrificio, por él y por la ciencia, gente maravillosa que por fuera parecía de piedra y por dentro tenían un maravilloso y generoso corazón. Me dejaron cabalgar con ellos por la terrible estepa castellana. Un privilegio. Un regalo más.

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