

Conocí a Craig Venter en mayo de 2008, cuando asistió a impartir unas conferencias de la Cátedra Santiago Grisolía, cuyo Premio le fue otorgado por el impacto de su labor en la secuenciación del genoma humano completo y sus estudios sobre la vida. Era un visionario, cuyo trabajo ya me era familiar por dos buenos amigos de Venter: Hamilton O. Smith, Premio Nobel de Fisiología de 1978 por su descubrimiento, junto a Werner Arber, de las enzimas de restricción con las que se corta el ADN, y mi maestro Santiago Grisolía.
Pero la historia comienza unos años antes, en 1988, cuando por iniciativa del profesor Grisolía, se celebró la primera reunión sobre el Proyecto Genoma Humano en el Consell Valencia de Cultura. Allí se aprobó la Declaración de Valencia, cuyo texto original, con la participación de investigadores como Jean Dausset, Víctor McKusick, Sydney Brenner, Renato Dulbecco o Kenichi Matsubara como firmantes, puede verse en la sede de esa prestigiosa Institución. Brenner propuso la creación de la Human Genome Organization, la institución del gobierno estadounidense que compitió para la secuenciación completa del genoma humano.

Cuando el Consell preparaba la segunda reunión, Santiago Grisolía supo de Craig Venter por Cook-Degan, experto en genómica y ética médica. Venter trabajaba en el Instituto Nacional de la Salud en Bethesda (EE UU) y había desarrollado un método rápido de identificación de genes. Grisolía fue a buscarlo para que participara en el encuentro en Valencia. Ese fue el inicio de una buena amistad entre ambos científicos.
La reunión, en Valencia en noviembre de 1990, financiada por la Fundación BBVA que presidía Sánchez Asiaín, se centró en aspectos éticos del conocimiento del genoma. Participaron James Watson, Jack McConnell, Walter Gilbert, y otras numerosas personalidades científicas, políticas, religiosas y éticas. La Reina Doña Sofía presidió la ceremonia de clausura.
Valencia se convirtió gracias a este evento en el referente mundial sobre el proyecto Genoma Humano. Como consecuencia, el entonces presidente de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, nombró presidente del proyecto Genoma Humano de la UNESCO a Santiago Grisolía. Era el año 1991. Y un joven y entonces prometedor científico y anatomo-patólogo, que investigaba en el Instituto de Investigaciones Citológicas, marchó como becario de Craig Venter. Era Rubén Moreno, años después vinculado a la política llegando a ocupar un escaño en el Senado.
Craig Venter, Grisolía y Hamilton Smith
En 1993, Craig Venter volvió a responder a la invitación de Santiago Grisolía para participar en la siguiente reunión sobre el Proyecto Genoma Humano. Esta vez se analizaron los aspectos legales y las repercusiones sociales de unos descubrimientos que se desarrollaban con extraordinaria celeridad. Allí Venter, que había sido marino durante la guerra de Vietnam y que era un apasionado surfista y navegante, conoció a Hamilton Smith, quien había pertenecido a la Armada estadounidense antes de comenzar su residencia médica.
Las pasiones de ambos por el mar y la genética hicieron que, tras la reunión, comenzara una intensa relación científica, que les llevó a fundar la compañía Celera, una empresa privada en la que Venter consiguió una capacidad económica tal que pudo competir con el proyecto de la Human Genome Organization.
Trabajando juntos con la segunda esposa de Venter, la microbióloga Claire M. Fraiser, y mejoraron las técnicas para la secuenciación del genoma Humano, siendo los primeros en lograrlo. El anuncio de este hito científico, en 2003, contó con la participación de Francis Collins, presidente de la Human Genome Organization, Bill Clinton y Tony Blair.
Hamilton Smith acudía anualmente a la reunión de los Jurados de los Premios Rey Jaime I, con su esposa Elisabeth. Siempre me decía lo importante que había sido Santiago Grisolía en su salto profesional. Desde que conocí al doctor Venter en 2008, le decía al doctor Smith que él se había encargado de la rigurosidad científica. Porque Venter era como Aníbal Barca, un estratega dispuesto a cruzar los Alpes a lomos de elefantes. Siempre le encantó mi opinión sobre ellos.
En 2008 Venter volvió a Valencia, además de las conferencias que dio en el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe para la Cátedra Grisolía, dictó una en el Consell Valencia de Cultura y recibió la medalla de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados. Venter detalló su interés por secuenciar genomas de microalgas y demás microbioma de los fondos marinos del Mediterráneo, como ya estaba haciendo en otros mares con el objetivo de usarlos tanto con fines terapéuticos, como para generar energías limpias o producir compuestos químicos de manera más económica o menos contaminante.
El barco de Venter, en Valencia
Al final anunció que pensaba llevar su barco, el Sorcerer II, equipado con un complejo sistema de secuenciación masiva, a Nápoles. Pero Grisolía le convenció para que usara el puerto de Valencia como base en el que atracar tras cada expedición por el Mediterráneo y donde procesar las muestras.
El barco llegó a Valencia en enero de 2010 y volvió a atracar frecuentemente durante toda el invierno y la primavera. Craig Venter quería lo mejor para su tripulación y le pidió a Grisolía un médico que hablara inglés, siempre dispuesto a atender a sus marineros y científicos… Y así me convertí en la médico de abordo. Afortunadamente, no hubo casos graves en ningún momento.
Grisolía tuvo unos meses frenéticos de negociaciones para que diversas compañías farmacéuticas y otras empresas europeas, a ser posible españolas, se implicaran en los proyectos de investigación para que obtuvieran beneficios de haber buenos resultados. En este sentido, siempre estaremos en deuda con la labor de Cariotipo mh5, que facilitó las entrevistas de empresas españolas con el personal de Venter.
En abril, Craig Venter regresó a España en compañía de su tercera esposa Heather Kowalski, quien ya la había acompañado en 2008, y con una mujer extraordinaria, su asistente ejecutiva en el Instituto de Investigación que lleva su nombre, Michelle Tull.
Ella y Venter promocionaron la idea de la longevidad humana y la medicina personalizada. Numerosas personalidades visitaron el navío durante sus estancias en Valencia. Craig Venter abundó en el diseño de la primera bacteria sintética. Estaba emocionado como un niño. Fueron unos meses frenéticos y tuvieron sus consecuencias en la salud de Grisolía.
El 1 de mayo de 2010, cuando llegaban a Valencia Roger Konrberg, Nobel de Química en 2006, hijo de su compañero en el laboratorio de Severo Ochoa el también Nobel Arthur Kornberg, y José López Barneo, catedrático de Fisiología de la Universidad de Sevilla y premio Rey Jaime I de Investigación Médica 1998, yo acompañaba a Grisolía al hospital en una ambulancia, víctima de una neumonía. En la ambulancia, don Santiago me despidió por no dejarle ir a atender a sus invitados. Luego se le olvidó. Menos mal, porque no me imagino mi vida alejada de la ciencia.


































