Ostras en meses con ‘r’ desde hace 4.000 años
La tradición gastronómica concluye que solo se deben comer ostras salvajes en meses con la letra 'r' para evitar intoxicación alimentaria. Foto: Dashu83 / Freepik

La tradición gastronómica concluye que solo se deben comer ostras salvajes en meses que contengan la letra r, para evitar intoxicación alimentaria. Un análisis de un gran anillo de conchas en la costa de Georgia reveló que los antiguos habitantes de la isla de St. Catherines limitaron su cosecha de ostras a los meses que no son de verano.

¿Cómo pueden saber los científicos cuándo los isleños recolectaban ostras? Con la ayuda de unos pequeños caracoles de la familia Boonea impressa. Científicos de la Universidad de Florida detallan en PLOS ONE que, midiendo estos caracoles parásitos, averiguaron desde cuándo existe esta costumbre.

Estos caracoles son parásitos comunes de las ostras, donde se enganchan e insertan un tentáculo para sorber el interior carnoso. Debido a que el caracol tiene un ciclo de vida predecible de 12 meses, su longitud al momento de la muerte ofrece una estimación confiable de cuándo murió el huésped de ostras, lo que permitió a los investigadores del Museo de Historia Natural de Florida, Nicole Cannarozzi y Michal Kowalewski, usarlo como un pequeño reloj estacional sobre cuándo las personas recolectaban y comían ostras en el pasado.

Primeros registros en meses con ‘r’ de cosecha sostenible de ostras

Boonea impressa
El ‘Boonea impressa’ es un pequeño caracol marino que parasita las ostras al posarse sobre ellas y perforar sus conchas para absorber su carne. Tienen un ciclo de vida de 12 meses, su longitud puede registrar el momento de la muerte de su huésped, lo que permite a los investigadores datar ostras antiguas. Foto: Kristen Grace / Florida Museum

Ahora los caracoles ofrecen nuevas ideas sobre una vieja pregunta en relación a los anillos de conchas que abundan en las costas de Florida, Georgia y Carolina del Sur.

“Se ha debatido el propósito de estos anillos de concha durante mucho tiempo”, comenta Cannarozzi, autora principal del estudio y gerente de la colección de arqueología ambiental del Museo de Florida. “¿Eran montones de desperdicios de comida cotidianos? ¿Sitios temporales de banquetes comunales? ¿O, tal vez, una combinación? Comprender la estacionalidad de los anillos arroja nueva luz sobre su función“, puntualiza.

Cannarozzi y Kowalewski analizaron las ostras y los caracoles de un anillo de conchas de 4.300 años de antigüedad y más de 700 metros de ancho en St. Catherines Island y los compararon con ostras y caracoles vivos.

Descubrieron que los habitantes de la isla cosechaban principalmente ostras a finales del otoño, invierno y primavera (en meses con r), lo que también sugería la presencia de personas en la isla que disminuían durante el verano.

“La estacionalidad del anillo de concha puede ser uno de los primeros registros de cosecha sostenible”, señala Cannarozzi. Las ostras en el sudeste desovan de mayo a octubre y evitar la recolección de ostras en el verano puede ayudar a reponer sus números.

Organismos ‘reloj’

“Es importante observar cómo las ostras han vivido en su entorno a lo largo del tiempo, especialmente porque están disminuyendo en todo el mundo –subraya la investigadora- y este tipo de datos puede darnos buena información sobre su ecología, cómo otros organismos interactúan con ellos, la salud de las poblaciones de ostras y, en una escala mayor, la salud de los ecosistemas costeros“.

Por su parte, Kowalewski opina que el método podría aplicarse a otros estudios de invertebrados marinos si el ciclo de vida del organismo reloj cumple varios requisitos clave.

“Si tiene especies con una vida útil de un año o menos, patrones de crecimiento consistentes y un comportamiento de desove predecible, podrían usarse también como relojes“, asegura. Para Kowalewski, “podríamos usar este tipo de estrategia para reconstruir la dinámica de la población o la historia natural de varias especies, especialmente aquellas que están extintas“.

Cannarozzi y Kowalewski coinciden en destacar la importancia de la colaboración interdisciplinaria para encontrar respuestas a los numerosos interrogantes que aún no han desentrañado los científicos.

Por eso su trabajo combinó paleontología, el estudio de fósiles y otros restos biológicos, con arqueología. La especialización de Cannarozzi, la arqueología ambiental, también explora las estrechas conexiones entre las personas y sus recursos naturales.

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