Los piojos de Cristóbal Colón
Figura 1. Grabado de un piojo. Crédito: Bilderbuch für Kinder’, de Friedrich Justin Bertuch, 1799

La prensa internacional se ha hecho eco en los últimos meses de un gran brote de chinches. Inicialmente se encamaron en la bella París, donde las llaman punaises de lit, y luego en numerosos lechos y lugares públicos de otras grandes ciudades europeas. También, cada dos por tres saltan noticias de infecciones transmitidas por mosquitos (dengue, chikungunya, fiebre del Nilo occidental) o por garrapatas (enfermedad de Lyme, fiebre de Crimea-Congo). Obviamos las pulgas de la peste que descansen en los libros de historia y en la gran literatura (Boccaccio, Camus), aunque aún haya brotes ocasionales en algunos lugares del planeta.

Todas tienen en común la existencia de un insecto vector, un coprotagonista necesario que, aun siendo muy diferente en cada caso desde el punto de vista entomológico, tienen un mecanismo nutricional común: la hematofagia (son, dicho en lenguaje vampírico, chupadores de sangre), como Drácula y Hacienda.

Menos trascendencia informativa tienen los piojos, tal vez por ser un bichito familiar para casi todos (Figura 1). Existen diversas especies de Pediculus que infestan, no infectan, a los animales y a las aves. Aquí nos referimos a los pipiolos de la cabeza, del cuerpo y del vello pubiano, especializados en los seres humanos. El ciclo de vida del chupóptero pasa por las fases de huevo (liendre), tres estadios de ninfas y adulto (macho y hembra). Su tiempo de maduración o biografía es variable (semanas): desde el huevo hasta el macho adulto reproductivo y la hembra adulta ponedora de los huevos. Un hecho que se debe tener en cuenta a la hora de hacer estudios epidemiológicos. Las ninfas y los adultos se alimentan de sangre y son parásitos obligados.

Fuera del cuerpo, mueren. Los piojos de la cabeza (Pediculus humanus capitis) succionan la sangre de los niños y de los adultos. Los piojos del cuerpo (P. h. humanus, o corporis) y sus parientes del ámbito sexual, las ladillas (Pthirus pubis), juegan en otra división. Ahora no interesan.

¿Quién no ha tenido confraternización en su infancia con los pipis de colegios y guarderías, fueran privados o públicos? ¿Y quién no ha convivido nunca con los hijos o nietos empiojados a capite ad pedes o, con más exactitud geográfica, de la frente a la nuca? Con diferencia de las garrapatas y los mosquitos, aunque también nos son familiares, los piojos mantienen un vínculo evolutivo muy estrecho con los humanos desde hace unos 25 millones de años.

Los piojos de Cristobal Colón
Figura 2. Evolución humana. Los piojos, aunque no se vean, viajaron encaramados en los homininos (subtribu de los primates homínidos de postura erguida y locomoción bípeda). Imagen: macrovector/Freepik

En aquellos tiempos, estos parásitos externos (ectoparásitos) habitaban en el pelo de nuestros parientes los homininos, los primates (chimpancés, gorilas, orangutanes). En torno a unos 5,6 millones de años, unos meses más o menos, nuestros primos darwinianos los chimpancés y nosotros, los autobautizados sapiens, divergimos tirando cada cual a encaramarse en (o a bajarse de) su propio árbol evolutivo (Figura 2).

Desde entonces, los piojos humanos son, como el apellido indica, exclusivos de la especie Homo sapiens sapiens. Se han encontrado liendres en restos de Israel y Brasil datados en 9.000-10.000 años, respectivamente.

El remoto piojo (un viejo ancestro) que primero vivió en los primates y saltó de una especie a otra, hizo algo similar tras adaptarse al género Homo. En el largo viaje evolutivo iniciado en África, los humanos anatómicamente modernos y sus piojos anduvieron juntos. De gran interés es que los piojos del Homo se encontraron y colonizaron a otras especies humanas como denisovanos y neandertales. El humano y el piojo han evolucionado juntos (adaptaciones recíprocas o coevolución). De ahí que se utilice el piojo como material de estudio evolutivo por parte de algunos investigadores. Es un excelente modelo. Parafraseando al evangelista Mateo (7: 16-20), por sus piojos los conoceréis.

Los piojos viajeros

Marina S. Ascunce y colaboradores, miembros de diferentes universidades (EE UU, Argentina y México), han publicado un trabajo muy interesante basado en los MSN. El mismo grupo hizo en 2013 una investigación parecida, pero limitada a 75 piojos recolectados en 11 lugares distintos.

Es interesante saber que en dicho estudio ya encontraron diferencias geográficas en los patrones de distribución de los insectos y que parecía existir un patrón genético propio del continente americano, como posible reflejo de la colonización europea del Nuevo Mundo a partir del encuentro colombino en 1492. Los autores no hablan en ningún momento de los viajes de Cristóbal Colón, sino de la migración europea al Nuevo Mundo.

No se debe olvidar que, tras el Descubrimiento o el Encuentro de dos mundos, hubo una migración masiva durante los siglos XVI y XVII, con intercambio de bienes, personas, animales, plantas, insectos vectores y microbios. Entre los vectores estuvieron los inevitables piojos.

En el trabajo actual (8 de noviembre de 2023) de Ascunce et al., que analizamos aquí en forma somera, se amplía el número de piojos estudiados y el de sitios geográficos: 274 insectos y 25 ubicaciones de 10 regiones. Los investigadores proponen siete modelos evolutivos mediante la aplicación de una potente herramienta informática (DIYABC, un software de inferencia basado en el Cálculo Bayesiano Aproximado y combinado con aprendizaje automático supervisado de bosques aleatorios, útil en el contexto de análisis de genética de poblaciones).

ADN mitocondrial versus ADN nuclear

En el estudio evolutivo de los piojos ha primado hasta ahora el análisis del ADN mitocondrial (ADNmt), lo cual ha permitido considerar tres clados de piojos (cada clado es una rama o ramificación surgida tras hacer un corte en el árbol filogenético que se inició en un antepasado común).

Los piojos de Cristobal Colón
Tabla 1. Haplogrupos y distribución geográfica de los piojos. Un haplogrupo es un gran conjunto de haplotipos. Los haplotipos son una serie de alelos situados en lugares concretos del cromosoma. Crédito: Adaptación propia a partir del artículo de Ascunce et al.

Pero, en la actualidad, gracias al análisis del gen del citocromo b (cyt b), los clados son seis (A, B, C, D, E y F), con distinta distribución geográfica (Tabla 1). Los clados han divergido entre sí de forma progresiva a los largo de 1, 0,9 y 0,6 millones de años. Hay que destacar que los piojos de la cabeza pertenecen a todos los clados mitocondriales, mientras que los piojos del cuerpo o de la ropa sólo comparten los clados A y D. Pero, conocer los clados basados en el análisis del ADNmt no parece suficiente. Hay que ir más allá.

Análisis de los microsatélites nucleares

El estudio de los microsatélites nucleares (MSN) permite afinar más porque tiene en cuenta la herencia de ambos progenitores (biparental) y no sólo de la madre, como con el ADNmt. Recordamos que los microsatélites son secuencias de ADN situadas en zonas no codificantes en las que un fragmento de dos-seis pares de bases se repite de manera consecutiva y crea diferentes alelos. Por su capacidad de generar una huella genética, los MSN son usados como marcadores moleculares en genética poblacional y en estudios parenterales.

Los modelos de computación bayesiana y otros métodos de estudio

Los autores analizaron los piojos con intención de comprobar el origen de la hibridación (mezcla genética). Solo el 12% de los piojos estudiados, o 33 del total de 274, fueron híbridos; y, de estos 33 híbridos, 25 (75%) eran del Nuevo Mundo. Los híbridos pueden proceder de una clasificación de linajes incompleta o de una mezcla genética entre los piojos.

Los autores establecieron siete modelos: modelo 1 (los piojos híbridos derivaban de piojos parásitos de las cabezas de los neandertales); modelo 2 (piojos de las cabezas de los seres humanos anatómicamente modernos); modelo 3 (piojos parásitos de los neandertales y de humanos anatómicamente modernos compartidos durante los períodos de contemporaneidad de ambos hospedadores); modelo 4 (mezcla durante la colonización europea de América, hace unos 500 años); modelo 5 (hibridación ocurrida en los últimos 100 a 40 años, alrededor de las grandes guerras mundiales); modelo 6 (comienzo de la globalización, desde la década de 1980 hasta hace diez años); y modelo 7 (en los últimos 10 años). Por tanto, los modelos 1 a 3 reflejan el intercambio entre humanos modernos y neandertales mientras que los modelos 4 a 7 acogen las grandes migraciones humanas alrededor del mundo: colonización del Nuevo Mundo, primera y segunda guerras mundiales y globalización y tiempos actuales.

Mediante el empleo de otros métodos de análisis (ESTRUCTURA, PCoA y DAPC; vide: el trabajo original) se definen dos grandes grupos o clústeres (c): grupo I (cI) o piojos del clúster mundial, es decir, los piojos del Viejo (África, Asia y Europa) y del Nuevo Mundo (América), y el grupo II (cII) correspondiente a un ámbito geográfico más restringido o localizado.

A su vez, los grupos CI y CII se subdividen en dos cada uno: Ia-Ib y IIa-IIb. Todo indica que las poblaciones de piojos tienen una estructura geográfica muy potente. Mediante un análisis de varianza molecular (AMOVA) encontraron diferencias genéticas significativas entre ambos clústeres o grupos. Por análisis de migración histórico, mediante el programa Migrate-n 3.3.0, las tasas de migración dentro de los grupos nucleares fueron altas, en contraste con las bajas tasas de migración de los haplogrupos mitocondriales.

Parece existir una relación genética entre los subgrupos de Asia (c-Ia) y América Central (c-Ib). Los datos sugieren que el grupo de América Central (c-Ib) es probablemente de origen nativo americano. Por otra parte, el análisis de los microsatélites induce a pensar que las poblaciones actuales de piojos humanos del continente americano conservan la diversidad genética de los piojos llegados a América por los primeros humanos (tras la primera gran emigración desde Asia) (Figura 3, flechas naranjas).

Los piojos de Cristobal Colón
Figura 3. El mapa muestra las migraciones de los humanos anatómicamente modernos: desde África hacia Europa, Asia y América y la colonización europea del Nuevo Mundo a partir de finales del siglo XV están indicadas con flechas grises de gran tamaño. Las comigraciones hipotéticas de los piojos humanos se indican con flechas naranja y azul. Crédito: Ascunce MA, et al.

Mecanismos teóricos implicados en la baja tasa de hibridación

Para tratar de entender el porqué de tan escaso número de híbridos o el patrón de mezcla limitada, los autores plantean la hipótesis de que podría deberse al aislamiento genético entre los grupos cI (mundial) y cII (americano): los híbridos no pueden persistir durante muchas generaciones dentro de las poblaciones humanas de piojos. Y este hecho, que induce a pensar en factores externos como la temperatura (frío), parece más relacionado con los hábitos de los humanos. El piojo es feliz a 37º, la temperatura del cuerpo humano.

En opinión de Marina S. Ascunce y su equipo, cabe considerar al menos tres mecanismos para explicar la mezcla limitada de piojos. En virtud de que no están probados, el análisis detallado en esta colaboración se elude aquí porque ocuparía mucho espacio. Nos limitamos a enumerarlos y comentarlos con suma brevedad:

  1. Simbiontes: Se trata del efecto de una bacteria simbionte (Wolbachia, u otro microorganismo intracelular) en la biología del hospedador (piojo). Wolbachia, una bacteria intracelular en los artrópodos y nematodos filariales. Desde hace unos años se está experimentando en la infección de mosquitos para controlar las poblaciones de la especie Aedes aegypti (vector transmisor del dengue y chikungunya, entre otras infecciones).
    En los piojos se transmite con el genoma mitocondrial del citoplasma del óvulo materno y causa un descenso de la descendencia. En la mayoría de los animales, el genoma mitocondrial se alberga en un solo cromosoma. El piojo, sin embargo, dispone de cromosomas fragmentados con 9 a 20 microcromosomas, aunque no hay evidencias de recombinación genética intercromosómica. Otra bacteria endosimbionte, pero de carácter mutualista, es Candidatus Riesia pediculicola, portadora de un pequeño plásmido (un virus -en verdad es un fragmento circular de ADN extracromosómico- que infecta a bacterias, arqueas y organismos multicelulares). El plásmido es preciso para producir vitamina B5, la cual se necesita en el metabolismo del piojo. El piojo no puede sintetizar esta B5 ni la obtiene de la linfa o de la sangre del hospedador al que succiona para alimentarse. Los autores descartan la participación de Candidatus Riesia pediculicola en la baja prevalencia de híbridos.
  2. Genoma paterno: La eliminación del genoma paterno es un modo de herencia no mendeliana propio de los piojos masculinos, un tipo de reproducción pseudohaplodiploide (determinación del sexo): los machos transmiten a su descendencia solo los alelos heredados por vía materna. También lo descartan.
  3. Epigenética: Se trata de la metilación del ADN y de la modificación de las histonas. Ambos son mecanismos que alteran la función genómica sin cambiar la secuencia genética. Aunque está demostrado en los insectos sociales, donde intervienen en la formación de castas, no hay estudios de epigenética en los piojos.

En resumen, no está claro el porqué de la baja hibridación. Ni tampoco lo que viene ahora.

Los piojos de Colón

Algunos llevamos años defendiendo, con escaso éxito, que Cristóbal Colón, Martín Alonso Pinzón, sus dos hermanos y otros cien marineros no enfermaron de bubas (probable sífilis) en el primer e histórico viaje de octubre 1492-marzo de 1493.

La cifra de otros cien viajeros es aproximada y correcta pues, a pesar del esfuerzo encomiable de Aline B. Gould, la erudita hispanista estadounidense, para averiguarlo no se sabe a ciencia cierta cuántos formaron la tripulación del primer viaje: sí se sabe que 39 jamás volvieron (los desgraciados que quedaron en el fuerte de la Natividad).

En nuestra opinión, como defienden personas más cualificadas, no está demostrado que Colón y sus hombres importaran las pestíferas bubas a la península ibérica en marzo 1493 (Lisboa, Palos, Sevilla), ni las llevaron a Barcelona (abril 1493) cuando visitaron a los Reyes Católicos para rendirles cuenta del viaje.

La difusión de la epidemia a Europa, desde Italia (verano de 1495) parece comprobada, pero es otra historia. ¿Y entonces? ¿Por qué se dice y mantiene que los primeros exploradores europeos del Nuevo Mundo (sin olvidar a los vikingos que siguieron a Leif Eriksson, el hijo de Erik el rojo) se infectaron de bubas y las trajeron a Europa?

Hay dos manuscritos (uno de 1509-1521 y el otro de 1526) y dos libros (dos ediciones) escritos uno por un cronista imperial (Gonzalo Fernández de Oviedo) y el otro por un cirujano experto en bubas (Ruy Díaz de Isla), ambos españoles, que levantaron la veda para la caza y captura de la liebre ideológica y epidemiológica que atribuye a las bubas un supuesto origen indiano (en la isla de Bohío o La Hispaniola, actual Haití).

No hay modo de cambiar esta contumaz y enraizada idea (la teoría o hipótesis colombina o del Nuevo Mundo) que tiene cinco siglos de vigencia y esplendor, como los piojos del modelo 4. Esto sirve para el disfrute acusador de la intelligentsia anglosajona y de muchos revisionistas hispanohablantes (de aquí y de allá) que, además del recurrente genocidio español, siguen hablando de las bubas de Colón, un alimento más que nutre la Leyenda Negra con el mismo rigor científico que sostiene el origen geográfico de la gripe española, el Spanish flu surgido en Arkansas en 1918 (Excurso a propósito del genocidio: ¿quiénes crearon las leyes de Indias, las catedrales, las universidades, las imprentas, los libros religiosos, de materia médica y científica y las obras literarias, los hospitales y el mestizaje, todo ello amparado en un idioma bellísimo y muy potente?). Pero ¿a qué viene hablar de las bubas que no trajo Colón si estamos comentando un artículo sobre piojos? De las bubas a los piojos.

Tras leer el excelente artículo de Ascunce et al, nos ha surgido la inquietud de si, aprovechando que el Guadiana desemboca en Ayamonte, muy cerca de Palos, de donde partieron y a donde regresaron los aventureros del primer viaje, no saldrá pronto algún erudito de las redes arácnidas que, amparado en este estudio, diga y dé por probado que Colón mismo, o alguno de sus hombres, se llevó bajo el bonete algún piojillo capitolino (de cápita) presto a hibridarse con sus veteranos parientes ultramarinos. Todo es posible.

Los otros piojos de los humanos

Dejamos al piojo de la cabeza y sus viajes ancestrales. Del piojo del cuerpo (transmisor del tabardillo o tabardete, una posible variante de tifus exantemático, según denomina la nosología actual a la infección por Rickettsia prowasekii) no toca hablar ahora.

No obstante, aportamos, para quien sienta curiosidad que, en el tiempo en que los piojos europeos viajaban al Nuevo Mundo (modelo 4), un excelente médico sevillano, licenciado y doctorado en la universidad de Osuna, Francisco Bravo (1525-1595), escribió, y muy bien, sobre el tabardillo: 25 años después de que Girolamo Fracastoro (1478-1553) publicara en 1546 su teoría del contagio, donde habla del tabardillo, en los libros De sympathia et antipathia rerum y De contagione, contagiosis morbis et eorum curatione. Francisco Bravo publicó en 1570 su rara obra precisamente en México (la Nueva España del Nuevo Mundo), cuatro años antes de que lo hicieran en España, también con magníficas obras, el médico corellano Alfonso López (1513-1584), el extremeño y placentino Luis de Toro (1526-<1600) y el prestigioso protomédico vallisoletano Luis Mercado (1525-1611).

Entre otros muchos que se sumaron luego, a lo largo del renacentista siglo XVI -el siglo de oro de la medicina española- y durante el barroco siglo XVII -el equivalente en la literatura y el arte-. Y, a pesar de tanta gloria, fue un tiempo de piojos. Suficientes como para exportar.

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