Trastorno por estrés postraumático y COVID-19
"Para las personas que han estado confinadas observando la 'realidad' desde las ventanas y a través de los medios de comunicación, esa realidad dista mucho de quienes se han enfrentado a una situación de combate, a vida o muerte". Foto: Freepik

Aparentemente, COVID-19 se aleja lentamente de nuestras vidas, las cifras de infectados y la mortalidad baja en España. Todo parece que ha pasado, aunque en el mundo se alcanzan cifras récord de infectados y de mortalidad que siguen aumentando.

No es algo que nos tiene que sorprender y que ya nos advirtieron diferentes biólogos, científicos y epidemiólogos, pensadores cuyas ideas, si hubieran sido escuchadas, nos habrían ahorrado cientos de miles de muertes y una catástrofe mundial a todos los niveles; quizá sea un aviso de que tenemos una segunda oportunidad para reaccionar de la mano de la ciencia y no de los intereses ideológicos o de una colección de opiniones sustentadas en las suposiciones.

Hemos dejado a un lado el rito de aplaudir a las ocho de la tarde y en cierta manera empezamos a olvidar a quienes han estado enfrentándose cara a cara a ese enemigo invisible que hoy en día nos sigue amenazando.

Para las personas que han estado confinadas observando la realidad desde las ventanas y a través de los medios de comunicación, esa realidad dista mucho de quienes se han enfrentado a una situación de combate, a vida o muerte. Una guerra en la que el enemigo es invisible, pero igual de letal que cualquier guerra vigente como pueden ser las de Afganistán, Siria, Iraq o Yemen.

Es una guerra con algunas características diferenciales, pero con unas consecuencias para quienes han combatido que nada distan de las que hoy por hoy están vigentes y en las que los combatientes, profesionales de la salud, médicos, enfermeras, auxiliares, personal de limpieza, cuerpos y fuerzas del Estado entre otros muchos grupos profesionales, han expuesto su vida, han visto morir a sus compañeros y han vivido situaciones extremas, impactantes física y emocionalmente, situaciones traumáticas que, para muchos, significarán un antes y un después con consecuencias todavía no predecibles pero, sin duda, con consecuencias psicológicas reales.

Los efectos de la ‘guerra’ versus COVID-19

No es una cuestión banal el impacto psicológico que tiene el COVID-19 en una persona o en un profesional que ha vivido de cerca un acontecimiento como el que estamos viviendo y que ha puesto en peligro su integridad física, que sabe que enfrentarse a esta situación ha podido llevarle a la muerte o a poner en peligro a quienes le rodean. Esto afecta a todos sin discriminación alguna.

Esta vivencia de alto impacto no solo tiene un efecto directo de amenaza a nivel físico y fisiológico, sino también psicológico. Nuestros pensamientos, emociones y expectativas están evaluando en tiempo real la probabilidad de ser alcanzado y ser una baja más, un escenario perturbador y lleno de incertidumbres, puesto que el enemigo es invisible.

Nos hemos enfrentado a una situación nueva, amenazante y llena de incertidumbre, con medios de defensa limitados, información ambigua, un enemigo invisible y un liderazgo para afrontar la situación que, lejos de aportar seguridad, ha contribuido a elevar los niveles de ansiedad y miedo.

El trastorno de estrés postraumático, también denominado TEP, lo padecen aquellas personas que han experimentado o vivido acontecimientos de alto impacto emocional, estresantes y traumáticos, que reviven continuamente ese infierno interior a través de pensamientos recurrentes de los que no podemos distanciarnos, que se instalan en la vida diaria, en nuestros sueños y no nos impiden tener una vida normal. Estamos ante una situación adaptativa.

El impacto en nuestra vida no tiene por qué ser necesariamente inmediato a la situación traumática vivida, sino que puede aparecer meses después de haberla experimentado y mucho más ante escenarios que se han prolongado a lo largo del tiempo y han sido altamente estresantes con una amenaza de muerte real.

Los síntomas asociados son múltiples, tanto en especificidad, como en intensidad y frecuencia; y si tenemos que destacar algunos de los más habituales, señalar los problemas físicos, somatización, taquicardia, problemas gastrointestinales, sudoración, insomnio, pesadillas, dolores de cabeza, cansancio crónico, tristeza permanente, miedo intenso, agorafobia, depresión, ansiedad y angustia, falta de concentración, labilidad emocional, perdida de interés general, aislamiento social, desorientación e incluso una pérdida por el sentido de la vida.

Este impacto es diferencial en función de diferentes factores individuales, a saber, la experiencia ante situaciones similares, la capacidad de afrontar situaciones estresantes, el grado de autocontrol emocional, las habilidades personales y el apoyo social de la familia, amigos o referentes.

Aprender de la ciencia para prevenir sin improvisar

Existen diferentes estudios sobre modelos causales realizados con veteranos de guerra que analizan en profundidad el efecto de la guerra en los combatientes, lo cual nos puede hacer reflexionar e identificar aspectos comunes e inferir potenciales efectos o consecuencias.

Se investiga el papel etiológico de los factores de riesgo no con una visión unívoca, sino el impacto en tres fases críticas. La fase previa o preliminar a afrontar la situación, en segundo lugar, la experiencia en la zona de exposición o zona de guerra y, en tercer lugar, las reacciones disociativas en el proceso de vuelta a la vida normal o acogida; a saber, ese conjunto de fenómenos en el distanciamiento de la realidad en contraste con la pérdida de la realidad se caracterizan además por la presencia de una variedad de construcciones mentales mal adaptativas en la capacidad imaginativa natural de la persona.

Estas tres fases por la que después de casi 100 días de confinamiento, seis prórrogas y una vuelta a la que denominan nueva normalidad han pasado los profesionales que han experimentado esto como una situación de riesgo constituyen la base de los síntomas de trastorno por estrés postraumático (TEP).

Existe cierto acuerdo general sobre la opinión de que algunos acontecimientos traumáticos y no traumáticos juegan un papel etiológico en el trastorno por estrés postraumático y que la tarea más crítica es articular la red de conexiones entre ellos.

Los estudios sobre TEP han utilizado casi invariablemente un solo índice global de sintomatología del TEP, en lugar de diferenciar los tres grupos de síntomas DSM-IV.

Basarse en un solo índice de sintomatología lleva implícito asumir que todos los síntomas del TEP tienen la misma etiología, pero dicha asunción podría no ser correcta (Bryant y Harvey 1996, Kulka et al. 1990; Fontana y Rosenheck 1993).

Factores clave en la prevención del TEP

Los resultados apuntan a que las personas que se han visto expuestas a los momentos más críticos y violentos de la situación son los que más determinan el desarrollo del TEP. La exposición continuada en la zona de intervención es la que más predice el desarrollo TEP, seguida del proceso de vuelta o regreso al hogar y, en tercer lugar, la situación del impacto previo o riesgo preliminar percibido en la incorporación a los equipos de trabajo.

En los diferentes estudios, el efecto total más alto lo obtuvo la adaptación a las experiencias de combate, seguido por ser testigo directo de esta situación, la falta de apoyo social y el insuficiente apoyo de la familia en el recibimiento al regreso al hogar.

En definitiva, la amenaza y el miedo ante una situación tan particular como esta, en la que la incertidumbre es un factor clave de desestabilización emocional, puede devengar en un proceso postraumático de mayor entidad.

No todas las personas reaccionamos ni interpretamos la situación de alto riesgo de esta naturaleza de igual forma. Existen ocho factores que explicar el potencial psicológico individual en una situación y el nivel de confianza expresada de un grupo en el éxito a la hora de enfrentarse a una situación de combate, que bien se asemeja a todo lo que hemos vivido y seguimos viviendo.

Estos ocho factores que tienen que ver directamente con el desarrollo de posibles procesos postraumáticos y explican su factor higiénico en la percepción de la realidad, del potencial de control sobre la situación e índice de confianza, son (García Montaño et al. 1998): confianza en el mando; confianza en los medios materiales; condiciones de trabajo; convicciones personales; cohesión de grupo; confianza en sí mismo; confianza en la unidad y apoyo social.

Estos estudios nos pueden hacer reflexionar sobre el impacto de COVID-19 en todas sus fases, la similitud con situaciones que bien merecen entenderse, para prevenir futuros escenarios de adversidad ante hechos como el que estamos viviendo.

Anticipación y modelos preventivos de acompañamiento

Reflexionar sobre la importancia de la planificación, contar con los medios materiales necesarios, las condiciones de trabajo y, muy especialmente, en la confianza sobre el liderazgo de quien al mando de esta situación está.

No obstante, no todos los que han participado directamente están tan expuestos a sufrir consecuencias psicopatológicas a largo plazo. No todo el mundo reacciona del mismo modo ante una situación grave que pone en peligro su vida y la de los demás, hay muchas reacciones ante situaciones que ponen en peligro nuestra vida, la intensidad emocional no es la única.

El riesgo percibido, la experiencia, la capacidad de afrontar situaciones de alto impacto van a determinar los efectos individuales. No hay que olvidar que el estrés postraumático alcanza tanto a familiares de enfermos o fallecidos, aunque no hubieran presenciado directamente la gravedad del sufrimiento de los suyos, y a los que han estado en contacto con los pacientes, como a las personas que han estado en contacto con los cadáveres en el día a día.

Como expone María Paz García Vera, catedrática de Psicología Clínica de la Universidad Complutense y coordinadora del servicio telefónico de atención psicológica por el coronavirus del Ministerio de Sanidad, una cosa esta clara: aunque sólo un 15 o 20% de la gente más vulnerable sufra problemas psicológicos derivados de la amenaza que ha supuesto el coronavirus, “más nos vale reforzar nuestros recursos de apoyo psicológico”.

Se hace necesario establecer protocolos de apoyo psicológico adaptativo para los diferentes grupos, sin olvidar la importancia que la familia y los grupos sociales de referencia tienen en este proceso para paliar el impacto y restablecer una situación adaptativa efectiva.

Terapias de corte cognitivo conductual o terapias focalizadas en las emociones, como son los procesos de desensibilización sistemática, apoyo farmacológico entre otros, son algunas de la metodologías e instrumentos que pueden ayudar a paliar el impacto de la situación experimentada.

Los trastornos psicológicos, en relación con los problemas vinculados a la salud mental derivados de esta pandemia, es probable que adquieran un mayor protagonismo con el paso del tiempo, en la medida en que las personas expuestas a esta situación recobren su normalidad, de ahí la importancia de reforzar el apoyo psicológico como medida preventiva.

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