Secuelas psicológicas en las personas afectadas por la DANA

La DANA del pasado 29 de octubre ha generado no solo daños físicos y económicos, sino también un profundo impacto psicológico y de estado de shock en la población general y, muy especialmente, en niños, adolescentes, dependientes y personas con problemas psicológicos, entre otros. El autor de este artículo escrito para Biotech Magazine & News hace un repaso exhaustivo sobre cómo ha afectado a la población desastres como este, que “quedan invisibles y sepultados -destaca el doctor García Cerrato-, no solo por el barro sino por el propio sistema de ayuda y de primeros auxilios que con el tiempo se olvidan, porque una noticia tapa a otra”

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Secuelas psicológicas en las personas afectadas por la DANA
Imagen: Paco G. Cerrato con IA

 «Si la civilización ha sobrevivido, es gracias a la solidaridad entre los seres humanos».
Albert Jacquard

Han pasado más de 100 días y no podemos olvidar la devastación de la DANA, y mucho menos los sentimientos más profundos de dolor, abandono, frustración, desesperanza, indignación y sufrimiento de la población. La devastación acabó con la vida de cientos de personas y el futuro de miles de ellas que, a día de hoy, siguen sufriendo el desamparo porque lo han perdido todo, hogares, trabajo, negocios y todavía se respira en las calles un sentimiento de abandono y de desesperanza ante la ausencia de liderazgo, que no son propios de un país que alardea de avanzado.

Cuando ocurre una catástrofe, esta saca lo mejor y lo peor del ser humano. Por un lado, está la incompetencia de quienes nos gobiernan a todos los niveles, la improvisación, el oportunismo perverso, la guerra sucia y el insulto a la inteligencia colectiva en el que unos cuantos únicamente están preocupados por ganar la estrategia del relato.

Pero tenemos también la otra cara de la moneda, en la que ante la dificultad y la improvisación, ha habido un apoyo incondicional, solidario y colectivo de los habitantes -no solo de la Comunidad Valenciana y de las otras comunidades afectadas, sino de toda España sin excepción y también de muchos países que nos han asistido en la tragedia-, incluso con mayor capacidad de reacción, compromiso, empatía y humanidad, desde el mismo inicio de la catástrofe, ofreciendo la fuerza para iniciar el proceso de recuperación.

No hay que olvidar que la DANA del pasado 29 de octubre arrasó más de 70 municipios valencianos y provocó la muerte de al menos 232 personas en toda España -224 víctimas mortales en la provincia de Valencia, siete en la localidad castellana de Letur, otra más en Málaga y todavía permanecen tres personas desaparecidas-.

Se estima que la población afectada directa o indirectamente alcanza la cifra de 845.371 ciudadanos, incluyendo las pedanías de Valencia. Según el análisis del satélite de la UE Copernicus, acota a 75.000 personas las directamente afectadas por las avenidas de agua.

Por otro lado, según los cálculos de la Cámara de Comercio de Valencia, el valor estimado de los daños directos en todas las actividades económicas (industria, transporte, construcción, sector agrario y comercio) se eleva a 13.314 millones de euros en los municipios afectados.

Y, según el IVIE (Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas), la DANA puede haber destruido al menos el 20% de los 85.900 millones de euros de activos privados y públicos localizados en los municipios inundados. Este episodio pasará a la historia por el impacto humano de la devastación.

Las secuelas invisibles de la DANA

Como podemos inferir de los datos del impacto en las vidas de las personas que han sido afectadas y han pasado por esta catástrofe, se han generado, no solo daños físicos y económicos, sino también un profundo impacto psicológico y de estado de shock en la población general.

Pero, muy especialmente, personas que ya de por sí son vulnerables, niños, adolescentes, dependientes y personas con problemas psicológicos, afectaciones cognitivas como el Alzheimer o el autismo, se enfrentan a dificultades adicionales en situaciones de máxima incertidumbre, dificultad, estrés y trauma, lo que aumenta su vulnerabilidad durante y después de estos desastres.

Quedan invisibles y sepultados, no solo por el barro, sino por el propio sistemas de ayuda y de primeros auxilios que con el tiempo se olvidan, porque una noticia, tapa a otra. Sanidad estima que la DANA duplicará los trastornos por ansiedad y depresión en los próximos meses entre los afectados.

Las catástrofes naturales provocan un impacto profundo en la psique colectiva, un efecto negativo en la salud mental, experimentando escenarios de estrés postraumático, ansiedad, trastornos del sueño, problemas de concentración, miedos, estados de pánico y depresión.

Como es de esperar, el impacto visual de una catástrofe sobre la población afectada es algo que probablemente jamás olvidemos, un auténtico escenario de guerra, con miles de vehículos amontonados, puentes desaparecidos, viviendas arrasadas, carreteras cortadas y campos devastados, entre otros. La vivencia del abandono y desamparo en los primeros días puso de manifiesto la vulnerabilidad percibida, algo que a día de hoy sigue vivo y que muy a nuestro pesar perdurará en el tiempo.

Reacciones psicológicas inmediatas ante la situación de catástrofe

En las horas y días posteriores a un desastre natural de gran magnitud como ha sido la DANA, la mayoría de las personas experimentan respuestas de estrés agudo consideradas normales ante una situación anormal. Los supervivientes de la inundación inicialmente manifiestan un estado de shock, confusión, miedo intenso y sensación de irrealidad ante la devastación repentina. Estas reacciones agudas suelen incluir:

  • Emociones intensas de terror y desamparo: Muchos afectados sienten pánico y desesperación durante el evento, especialmente quienes vieron amenazada su vida o la de sus seres queridos. La pérdida súbita de control sobre la situación genera una intensa incertidumbre y vulnerabilidad.
  • Síntomas físicos y cognitivos de estrés: en el corto plazo es común presentar insomnio, pesadillas, hipervigilancia, sobresaltos ante cualquier sonido y dificultad para concentrarse o tomar decisiones.
  • Respuesta de lucha-huida y entumecimiento emocional: durante e inmediatamente después del desastre, el organismo activa respuestas de supervivencia. Algunas personas entran en estado de alerta extrema y acción, mientras que otras pueden quedar paralizadas o emocionalmente bloqueadas. Ambas son respuestas humanas habituales ante el trauma agudo.
  • Búsqueda de seguridad y apoyo: tras la inundación, los afectados buscan reunirse con familiares y vecinos, buscando consuelo y comprobando el bienestar de los demás. Niños y niñas suelen aferrarse a sus cuidadores y mostrar llanto fácil o mutismo inicial, reflejando su necesidad de seguridad en medio del caos.

Es importante resaltar que estas respuestas iniciales, por angustiosas que sean, forman parte de las reacciones normales al trauma. No indican por sí mismas un trastorno mental, sino el proceso agudo de adaptación del psiquismo a un evento abrumador. De ahí la importancia de la intervención inmediata de los medios de apoyo y rescate a los afectados, cuestión que no ocurrió en este caso.

Impacto psicológico sobre la salud mental en los diferentes grupos afectados por la DANA

La cara de la moneda visible es todo aquello de lo que los medios de comunicación se hacen eco, pero las consecuencias psicológicas de la DANA pasan inadvertidas en estos desastres naturales y pueden ser más graves que la propia destrucción material de las infraestructuras y la economía. Nos referimos a las personas que lo han vivido y lo viven en su propia piel, y que ahora tienen que sobrevivir a las consecuencias y resurgir.

Son muchos los efectos psicológicos en la población general, personas que han vivido en primera persona la catástrofe:

  • Impacto negativo en la salud mental, experimentando escenarios de estrés postraumático, ansiedad, miedo y depresión.
  • Síndrome del superviviente por parte de la población indemne, al experimentar sentimientos de culpa frente a las personas que han sido más afectadas o personas que han perdido.
  • Posibilidad de experimentar tensiones y conflictos sociales provocados por sentimientos de abandono e injusticia en el posterior acceso a recursos.

Hemos pasado por una experiencia que jamás podíamos haber imaginado. En unas horas ha cambiado nuestra vida sin explicación alguna.

Consecuencias psicológicas a medio y largo plazo

Tras la fase inicial de choque, la mayoría de los sobrevivientes logra sobreponerse gradualmente con el apoyo de sus redes cercanas. Sin embargo, en semanas, meses y años posteriores al desastre, un porcentaje significativo desarrolla problemas de salud mental persistentes.

De hecho, estudios señalan que factores como la reubicación forzosa en refugios o cambios de vivienda temporal y la interrupción prolongada de servicios esenciales, como el agua o la electricidad, o situaciones de violencia por saqueos en las zonas afectadas se asocian fuertemente con peores resultados de salud mental en desastres.

La evidencia de otros grandes desastres sugiere que entre un 20% y un 30% de los afectados puede llegar a padecer algún trastorno psicológico clínicamente significativo con el tiempo. A continuación, se detallan las secuelas más comunes en el mediano y largo plazo:

  • Trastorno de estrés postraumático: se caracteriza por recuerdos intrusivos recurrentes del evento, pesadillas, evitación de recuerdos, alteraciones del sueño, estado de alerta y síntomas emocionales como entumecimiento o irritabilidad. Estudios internacionales reportan tasas de TEPT en supervivientes de inundaciones que varían ampliamente, entre el 5% y hasta más del 50% en los casos más severos. Tras el huracán Katrina (EE UU, 2005) –que causó más de 1.800 muertes– se estimó una prevalencia de trastorno de estrés postraumático del 22% al 30% en la población expuesta en el año siguiente.
  • Trastornos de ansiedad y depresión: muchos supervivientes desarrollan ansiedad generalizada, fobias y episodios depresivos. La depresión suele emerger en la fase de desilusión, cuando tras el apoyo inicial de la emergencia, las personas enfrentan la realidad de sus pérdidas materiales y proyectos truncados. Pueden aparecer sentimientos de desesperanza, llanto frecuente, anhedonia, incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades de la vida y, en algunos casos, ideas de suicidio. De hecho, se ha observado un aumento en las tasas de intentos suicidas en comunidades afectadas por inundaciones, años después del evento, en especial entre jóvenes adultos que las sufrieron en la niñez.
  • La ansiedad crónica: es otro legado frecuente, algunas personas permanecen en estado de hipervigilancia permanente, sobresaltándose con facilidad ante lluvias fuertes incluso varios años después del desastre. Estudios longitudinales en poblaciones afectadas por inundaciones han documentado persistencia de síntomas ansioso-depresivos durante varios años si no se interviene, con fluctuaciones asociadas a eventos recordatorios.
  • Duelo traumático y síndrome del superviviente: aquellos que perdieron familiares o amigos en la DANA enfrentan procesos de duelo complejos. La naturaleza traumática de la pérdida puede complicar la elaboración del duelo, causando prolongados sentimientos de culpa, rabia o inutilidad. Incluso quienes no sufrieron pérdidas personales pueden experimentar la llamada culpa del sobreviviente, al preguntarse por qué ellos vivieron mientras otros no o por no haber podido rescatar a las personas atrapadas.
  • Estrés crónico y problemas psicosomáticos: la fase posterior a la DANA conlleva estresores secundarios prolongados -como problemas económicos, desempleo, trámites burocráticos para reconstrucción, vivir en refugios temporales- que añaden carga psicológica adicional. A medida que pasa el tiempo, muchas familias se enfrentan a la incertidumbre y dificultades para reconstruir sus casas, lo cual genera un estrés mantenido. Estos estresores secundarios pueden prolongar o exacerbar síntomas psicológicos. Es común observar también manifestaciones psicosomáticas en la población superviviente meses después: dolores de cabeza, problemas gastrointestinales, fatiga crónica o empeoramiento de enfermedades médicas preexistentes, todo ello relacionado con el estrés sostenido.

Cabe señalar que la disrupción social ocasionada por el desastre puede acarrear problemas psicosociales comunitarios, como los sentimientos de abandono o injusticia, si la ayuda percibida es insuficiente, que pueden generar conflictos sociales o pérdida de confianza en las autoridades.

A pesar de este panorama, es importante destacar que no todos los afectados desarrollarán trastornos. Factores protectores como la cohesión comunitaria, la percepción de autoeficacia para reconstruir sus vidas y el acceso a ayudas concretas como el acceso a la vivienda o al empleo, contribuyen a que, a largo plazo, muchas personas den sentido a sus vidas.

Impacto psicológico en personas con déficits cognitivos

Para las personas que conviven con un trastorno del neurodesarrollo como autismo, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o discapacidad, así como personas con afectación cognitiva debido a un daño cerebral o a una enfermedad neurodegenerativa, como el Alzheimer, la situación representa un desafío especialmente grave.

Numerosas investigaciones indican que estos cambios tan bruscos en el entorno y en la propia rutina diaria, que producen los desastres naturales, tienen importantes consecuencias a corto y largo plazo en personas con autismo:

  • Estrés sensorial y sobrecarga emocional conducen a crisis nerviosas, ataques de pánico y/o comportamientos autolesivos.
  • Ansiedad extrema o conductas repetitivas como mecanismo de auto calma.
  • Problemas de comunicación y posibilidad de experimentar mayores niveles de aislamiento y miedo durante la catástrofe.

En personas con Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas, el estrés elevado durante y después de una catástrofe puede acelerar el deterioro cognitivo y el progreso de este tipo de patologías.

Los cambios en el entorno, junto a la posible pérdida de estímulos visuales familiares y la dificultad de estas personas para adaptarse de forma rápida, pueden producir:

  • Desorientación y confusión.
  • Comportamientos disruptivos.
  • Aislamiento social.
  • Deambulación.
  • Ansiedad, agitación y posibilidad de respuestas agresivas, en casos más severos.

Personas con trastornos del neurodesarrollo, como el TDAH, o del aprendizaje, como la dislexia, pueden verse también afectadas por situaciones excepcionales y catastróficas, como una DANA:

  • Mayor riesgo de accidentes, a causa de un incremento en la dificultad para seguir instrucciones.
  • Bloqueos cognitivos provocados por el aumento y la exposición continua a estímulos como ruidos intensos y aglomeraciones de personas, ocasionadas por este tipo de situaciones críticas.

Los efectos en personas con discapacidad, ya sea física o cognitiva, tampoco están exentas de sufrir consecuencias en su salud y calidad de vida. Especialmente, aquellas con movilidad reducida.

En estos casos, las personas con discapacidad enfrentan:

  • Mayores barreras para su evacuación en situaciones catastróficas a consecuencia de su limitación de movilidad y su necesidad de contar con dispositivos de apoyo como sillas de ruedas.
  • Mayor dependencia de sus cuidadores, a consecuencia de sus limitaciones de movilidad.
  • Aumento considerable de la ansiedad a causa de su total dependencia de terceros para poder realizar cualquier tipo de actividad.
  • Traumas psicológicos incentivados por sus limitaciones de desplazamiento y la mayor dependencia de sus cuidadores.

La solidaridad colectiva como factor protector psicológico

El apoyo y la solidaridad colectiva tienen un impacto psicológico significativo en la salud mental de los afectados que lo han perdido todo. Diversos estudios y experiencias de desastres previos han demostrado que las redes de apoyo social pueden actuar como un factor protector contra el desarrollo de trastornos psicológicos, como el trastorno de estrés postraumático, la ansiedad y la depresión.

Este factor protector se resume en una reducción del estrés y la ansiedad inmediata. La presencia de apoyo social inmediato mitiga y neutraliza el impacto psicológico. Saber que hay personas dispuestas a ayudar (familiares, vecinos, voluntarios, instituciones) genera una sensación de seguridad y contención emocional, lo cual es crucial en las primeras etapas del desastre. La conexión humana y el sentido de comunidad reducen los niveles de cortisol y promueven la calma en momentos de crisis.

Por otro lado, el impacto de la solidaridad previene del aislamiento y la depresión. La pérdida total de hogar y medios de vida tras la DANA puede generar sentimientos de desesperanza, soledad y aislamiento. Cuando los damnificados reciben muestras de solidaridad, ya sea a través de ayuda material (comida, ropa, refugio) o apoyo emocional (escucha activa, acompañamiento), se refuerza un sentido de pertenencia y se reduce el riesgo de depresión.

El apoyo colectivo no solo brinda ayuda pasiva, sino que también empodera a los afectados, permitiéndoles recuperar el control sobre sus vidas. Iniciativas comunitarias de reconstrucción, colaboración en la limpieza de escombros o participación en la toma de decisiones sobre la recuperación local reduce la impotencia y fortalece la resiliencia.

Después de una DANA devastadora, las personas pueden experimentar sentimientos de injusticia o abandono; sin embargo, la solidaridad de los ciudadanos, estudiantes, ONG, cuerpos del estado, militares, sanitarios, bomberos, empresas anónimas y voluntarios, los auténticos héroes de esta tragedia, puede contrarrestar estas emociones y restaurar la confianza promoviendo una visión más esperanzadora del futuro.

Un efecto de resiliencia colectiva que provoca un efecto de apoyo y fortalecimiento mutuo basado en la colectividad. Esto fue realmente lo que vivieron muchas personas en las poblaciones afectadas en los días siguientes a la DANA, una ola de solidaridad que les permitió sobrellevar los primeros días de esta tragedia.

Es fundamental mantener el apoyo a los damnificados por la DANA, no olvidarlos porque ya no es una noticia que genere audiencia, y seguir protegiendo y apoyando económica y psicológicamente a todas las personas que han sobrevivido, fomentando estas redes de apoyo en la comunidad como una de las estrategias más eficaces para recuperarse emocional y socialmente del desastre. No nos olvidemos, es responsabilidad de todos.